Seis Grados. Brasil.- Cuando hablamos de destinos turísticos, casi siempre hablamos de lugares. Playas, ciudades históricas, paisajes naturales. Pero existe una dimensión menos visible —y profundamente estratégica— en la construcción del turismo: quién narra esos territorios.

Los destinos no existen solo en el mapa. Existen, sobre todo, en las historias que contamos sobre ellos. Narrativas que moldean expectativas, orientan decisiones de viaje, influyen en políticas públicas y definen cómo comunidades enteras son percibidas, tanto desde afuera como desde adentro.

Durante mucho tiempo, la comunicación turística operó bajo una lógica principalmente promocional. El objetivo era vender el destino. Para lograrlo, se repitieron imágenes consagradas, eslóganes prefabricados y discursos oficiales. En ese proceso, los territorios se transformaron en producto, las comunidades en escenario y el periodismo, en muchos casos, quedó reducido a la reproducción de esas narrativas.

Este modelo ayuda a explicar por qué ciertos destinos aparecen siempre de la misma manera —y por qué otros permanecen invisibles. Río de Janeiro continúa siendo presentado como una síntesis de Brasil, aun cuando el país alberga una enorme diversidad de territorios e identidades. Fernando de Noronha suele reducirse a la idea de paraíso natural, desconectado de sus dinámicas sociales. Campos do Jordão construyó una imagen anclada en referencias externas. Las Cataratas del Iguazú aparecen, con frecuencia, como un espectáculo aislado, desvinculado del territorio y de las personas que lo habitan. En São Sebastião, la vida cotidiana, las prácticas culturales y el patrimonio inmaterial rara vez ocupan un lugar central en las narrativas turísticas dominantes.

Estos ejemplos evidencian que comunicar un destino es siempre un acto de elección. Se decide qué mostrar, quién habla, qué historias se repiten y cuáles permanecen al margen. Y esas decisiones no son neutras: impactan directamente en la forma en que el patrimonio es reconocido, valorado y preservado.

Es en este punto donde la comunicación deja de ser solo difusión y pasa a actuar como mediación cultural. El periodista no es únicamente un intermediario entre el destino y el público, sino un traductor de contextos. El gestor turístico, por su parte, no es solo un promotor de atractivos, sino un curador de identidad.

Cuando una sola voz domina la narrativa, el destino se empobrece. En cambio, cuando múltiples miradas, experiencias y memorias participan en la construcción de la historia, el territorio se fortalece. La pluralidad de discursos amplía la comprensión del lugar, reduce estereotipos, genera sentido de pertenencia y sienta bases más sólidas para un turismo que cuida y preserva.

El viajero contemporáneo ya no busca únicamente consumir lugares. Quiere comprenderlos. Quiere saber quién vive allí, cómo vive y qué tiene ese territorio para decir. Esta transformación vuelve urgente la construcción de narrativas más responsables, conectadas con el patrimonio cultural, natural y humano.

Quién cuenta la historia de un destino

Los destinos no necesitan ser inventados. Ya existen, con sus memorias, contradicciones y complejidades. El desafío está en escucharlos —y en asumir la responsabilidad de contar sus historias con profundidad, respeto y compromiso con quienes los habitan.