Seis Grados, Panamá.- Hace 15 años vengo participando en diversas actividades internacionales de la Organización Mundial de Periodismo Turístico (OMPT), desde diferentes roles: como un miembro más, como presidente de la filial de Panamá, COPTUR, como director internacional y director adjunto. Pero, más allá de los cargos, siempre he tratado de estar presente.

Y es que cada evento es distinto. Congresos, premios, foros o press trips… cada uno deja algo diferente. En todos se aprende, todos te llenan de conocimientos, no solo sobre nuestra principal función como periodistas especializados en turismo, sino también sobre el turismo mismo y, sobre todo, sobre la vida.

Por ejemplo, en los congresos nos actualizamos sobre las nuevas tendencias del periodismo turístico, herramientas tecnológicas, nuevos nichos y formas de comunicar. Cada vez que termina un congreso, regresamos a nuestros países siendo mejores periodistas turísticos, más preparados y conscientes de la enorme responsabilidad de contar destinos, culturas y experiencias.

En cuanto a las premiaciones, Pasaporte Abierto, nuestro gran galardón de excelencia, nos impulsa a superarnos constantemente. Nos reta a ser mejores cada día y, al mismo tiempo, nos permite relacionarnos con nominados y ganadores de distintos países, llenándonos de orgullo por lo que hacemos y por la pasión que compartimos.

Sin embargo, las experiencias que vivimos en los press trips organizados en cada país, con motivo de algún congreso o premiación, tienen algo especial. Algo que va mucho más allá del periodismo. Nos transforman como seres humanos.

Esa convivencia reúne una serie de factores que hacen imposible regresar igual a como llegamos.

Por ejemplo, siempre se nos asigna uno o varios roommates o compañeros de habitación, y desde allí comienza una relación humana muy particular. Se genera una especie de simbiosis espontánea, nos preocupamos porque el otro no pierda el bus, porque desayune, porque tenga suficiente material para su trabajo. Compartimos bloqueador solar, las fotos y videos, agua, refrescos, conversaciones, cansancio y hasta silencios. Nos servimos desayuno mutuamente y terminamos pendientes unos de otros casi como una familia improvisada.

Dentro del grupo existe una enorme diversidad de caracteres, culturas, enseñanzas y formas de ver la vida. Todo se mezcla y se entrelaza. Y eso nos llena de sabiduría y conocimientos, no solo sobre el destino que visitamos, sino también sobre las personas y culturas que convergen en cada encuentro internacional.

Aprendemos a respetar las costumbres de cada quien y, muchas veces, también aprendemos a admirarlas. Y entonces ocurre algo curioso, al finalizar cada evento, comenzamos a extrañar. Primero al roommate, después al más comelón, al que siempre llegaba tarde, al compañero de fiestas y tragos (porque sí, también nos divertimos; no todo es trabajo), al más conversador e incluso al que casi no hablaba.

Además de todo esto, se acciona una especie de Networking, hacemos contactos en diferentes países, nos damos datos e información que normalmente no tendríamos oportunidad de conocer si no nos conociéramos personalmente y, esto, también tiene un gran valor profesional y empresarial.

En fin, cada evento de la OMPT termina siendo una experiencia humana distinta. Una oportunidad para reflexionar sobre la importancia de convivir, compartir vidas, culturas, ideas e información. Y sobre todo, para recordar que siempre regresamos a nuestros países siendo mejores profesionales, pero también mejores personas.

Y sinceramente… creo que vamos por unos 15 años más.