El turismo en Panamá, ese eterno invitado a descubrir la belleza del mundo, tiene un límite silencioso que muchos prefieren ignorar: la capacidad de carga. No se trata de un capricho técnico, sino de la delgada línea que separa el gozo de la destrucción, el disfrute de la ruina.
Seis Grados, Panamá.- Machu Picchu lo sabe. Esa joya inca que parecía invencible, y que perduró por siglos, hoy sufre las huellas de miles de zapatos al día. Los senderos se desgastan, las piedras se erosionan y la majestuosidad se ve amenazada. Lo mismo ocurre, también en Perú, con la Montaña de Colores, donde la avalancha de visitantes convirtió una rareza geológica en un escenario frágil.
En esa misma línea, México tomó una decisión drástica, pero sabia, de cerrar el acceso a las pirámides de Teotihuacán, porque la multitud escalando sus peldaños estaba devorando la historia. El turismo masivo, sin control, no perdona.
Y, ¿por qué escribo todo esto?, porque actualmente en mi Panamá se debate sobre un proyecto turístico que, de una idea, se convirtió en una actividad, sin duda, exitosa, se trata del Casco Peatonal y sus actividades culturales, familiares y turísticas.
Sí, el Casco Antiguo vibra con un proyecto bien intencionado y encantador: Casco Peatonal le da la oportunidad a turistas, locales e internacionales, de caminar sus calles coloniales sin el acecho de los autos, escuchar música en vivo, ver la ciudad recuperar su piel humana… es un regalo.
Pero, como periodista especializado en turismo y observador crítico, me hago la pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando la capacidad de carga se rebasa? El ruido, las aglomeraciones y la presión sobre un Conjunto Monumental Histórico, Patrimonio de la Humanidad, podrían terminar pasándonos y cobrando factura.

La iniciativa “salsa y salseros disfrutando” es, sin duda, un acierto. Panamá tiene salsa en sus venas y verla bailar en sus plazas es casi un acto de identidad. Me recuerda la Calle del Sabor en Cali, Colombia, lugar que recién visité y donde la música, la gastronomía, la diversión y el turismo se funden en un atractivo cultural poderoso. Pero la experiencia caleña también enseña que, sin planificación, estudios y un orden claro, lo que hoy brilla puede volverse un problema mañana.
Entonces, analicemos con cabeza fría, sí, el proyecto de Salsa y Salseros es bueno, sin embargo, también tenemos que proteger un bien de la humanidad y de nuestra nacionalidad, no es criticar por criticar, que si el ruido, que si el orine, que si la basura… porque esto se debe, más que todo, al mal comportamiento de quienes asisten. No todos, pero es muy alto el número de quienes no se saben comportar.
Todo eso se puede controlar y ya se decidió que esta actividad no forma parte de Casco Peatonal. Excelente decisión, triste, pero la mejor decisión. Según se me informó, los organizadores ya buscan otro sitio que sí nos permita tener un atractivo turístico para ofrecer a locales y visitantes, sin afectar, ni a las personas (vecinos), ni los sitios que debemos cuidar y mantener.
El alcalde de Panamá ha demostrado ser una persona creativa, y estoy seguro de que pronto tendremos una alternativa, porque el turismo no es enemigo, al contrario: es aliado del desarrollo. Pero debe caminar con equilibrio. Panamá tiene en sus manos una oportunidad brillante: consolidar la Calle de la Salsa como un producto turístico internacional, sin que el ruido devore la historia ni la multitud desgaste sus cimientos.
La salsa debe seguir sonando, sí, pero con partitura y compás. Porque si algo nos enseñan Machu Picchu, la Montaña de Colores y Teotihuacán es que cuando el aplauso de los turistas se vuelve multitud descontrolada, el patrimonio se convierte en víctima. Y Panamá no puede darse ese lujo… ¡Piénsenlo!


