Esta es la aventura del Doctor Eduardo Tijerina Araiza, el físico y astrónomo que transformó el destino de Iturbide. Es la crónica de un sueño que parecía imposible y que hoy se saborea en un trago de agave y se contempla en la inmensidad del cielo.
Seis Grados, México.- Hay hombres que, por apasionados y obstinados, obligan a una comunidad entera a levantar la vista hacia el infinito, cambiando su destino. En Nuevo León, donde la Sierra Madre Oriental alberga paisajes de una belleza árida y monumental, la ciencia y la mística de la tierra se funden en una sola historia.
Doctor Eduardo Tijerina; a la conquista del Cerro Picacho: una cruzada contra el escepticismo
A finales de los años noventa, el Doctor Eduardo Tijerina, un apasionado profesor de la Facultad de Ciencias Físico Matemáticas de la UANL, sabía que el secreto, astronómicamente hablando, estaba en la altura, allí donde las luces de las grandes ciudades no logran apagar el brillo de las estrellas.
Su mapa mental lo llevó a Iturbide, específicamente al Cerro Picacho, a unos 2,400 metros sobre el nivel del mar.
Los lugareños recuerdan aún las primeras visitas de aquel científico que subía la montaña como quien busca un tesoro escondido. Pero encontrar el lugar ideal era apenas el primer paso de una escalada que llevaría su tiempo: la de la burocracia y la incredulidad.

Tijerina no solo necesitó sus conocimientos de física; necesitó, sobre todo, una tenacidad inquebrantable. Convencer a las autoridades universitarias de que valía la pena invertir en en medio de la nada, negociar con los locales y explicarles que las estrellas podían traer desarrollo, y coordinar la titánica tarea de subir equipos de altísima precisión por caminos donde apenas pasaban las mulas, requirió una fe que rozaba la terquedad. Donde otros veían una locura costosa, él veía futuro y ciencia.

Del telescopio al astroturismo: el cielo como patrimonio
Gracias a esa perseverancia , las cúpulas blancas del Observatorio Astronómico Universitario (OAU) irrumpieron finalmente en el paisaje serrano. Lo que nació como un laboratorio aislado para la caza de asteroides, pronto reveló su verdadera vocación: la de ser un motor de transformación social.
Tijerina entendió desde el primer día que la ciencia no tiene sentido si se encierra en sí misma.
Hay una máxima que el profesor repitió incansablemente a lo largo de los años, una convicción que se convirtió en el faro de toda su gestión: el turismo científico es, ante todo, un promotor fundamental del desarrollo económico y social regional.
Para él, el observatorio no debía ser un templo de saber aislado, sino un catalizador social basado en el conocimiento, capaz de democratizar el saber y traducirlo en bienestar para las familias de la sierra.
Bajo esta premisa, involucró a los habitantes de Iturbide, capacitando a los jóvenes del pueblo y convirtiendo a la comunidad en la guardiana de sus propios cielos .
Hoy, gracias a esa visión integradora, el municipio no solo es un referente científico internacional, sino un oasis para el astroturismo, un lugar donde los viajeros llegan a reconectarse con el cosmos .
Una mirada desde la crónica turística: el calor de la sierra
Quienes recorremos el mundo buscando las historias detrás de cada destino , sabemos que los lugares no son solo sus paisajes, sino su gente. Tuve el privilegio de comprobarlo personalmente al visitar Iturbide integrando un grupo de periodistas de la Organización Mundial de Periodismo Turístico (OMPT) durante el Congreso Internacional de Periodismo Turístico Monterrey 2026 organizado por Seis Grados Red Turística Global. Fue ahí, en la intimidad de la sierra, donde la frialdad de la ciencia exacta se transformó en calidez humana.
Durante nuestra estancia, pudimos disfrutar a fondo de su hospitalidad genuina, de la nobleza de su economía local construida a base de esfuerzo y, sobre todo, de su forma de ser: transparente, generosa y arraigada a sus raíces. Conversar con los lugareños y palpar el orgullo con el que hablan de sus cielos protegidos nos permitió sentir, de primera mano, la misma pasión que el Doctor Eduardo Tijerina inyectó en el proyecto original.
No estábamos presenciando solo un logro académico; estábamos siendo testigos de un pueblo que adoptó un modelo de desarrollo basado en el conocimiento y lo convirtió en su propia identidad.
Flammam: el sabor de la resistencia
Pero la historia del sur de Nuevo León siempre guarda un vínculo con su suelo. Bajo el mismo cielo limpio que vigilan los telescopios, crece el Agave salmiana. Fue esa coincidencia geográfica y cultural la que inspiró el siguiente gran capítulo de este ecosistema universitario: unir la astronomía con el rescate de las tradiciones líquidas de la región.
Científicos de las facultades de Agronomía y Ciencias Químicas de la UANL apostaron a la innovación en el territorio, investigaron y perfeccionaron la destilación de este maguey.
El resultado es Flammam, un destilado artesanal cuyo nombre evoca el lema de la máxima casa de estudios: Alere Flammam Veritatis (Alimentar la flama de la verdad).

Flammam es mucho más que un mezcal de excelente factura; es un proyecto de triple impacto. Cada botella encierra el trabajo justo con los habitantes de la sierra, la conservación biotecnológica de la planta y la identidad de un pueblo que aprendió a embotellar su esencia.
Brindar hoy con Flammam en las alturas de Iturbide es rendir un homenaje silencioso a la herencia del doctor Tijerina. Es la prueba de que cuando la pasión de un solo hombre se siembra con suficiente fuerza en la montaña, es capaz de florecer tanto en las profundidades de la tierra como en lo más alto del firmamento.


